El terrorismo que no termina (A bote pronto)

El terrorismo que no termina (A bote pronto)

Alejandro Mosqueda Guadarrama

Camarógrafo, editor y documentalista

Facebook: Moga Aleko

 

 

 

 

 

 

El terrorismo que no termina.

 

 

Hablar de terrorismo nos lleva a revisar definiciones y podemos encontrar algunas variaciones, sin embargo podemos anotar que son las acciones que buscan imponer el miedo, el terror, caos y el control para lograr objetivos políticos o de otro tipo. Estas acciones las pueden realizar grupos de cualquier signo político o religioso. Se tiene la tendencia a ubicar la religión (cualquiera que sea) como el motor de los grupos que realizan alguna acción terrorista, lo cual permite la satanización de religiones, culturas y sociedades que se fundamentan en su funcionamiento con base a lo religioso.

En las últimas décadas se ha reforzado la idea de que islamismo es igual a terrorismo y contrario al “progreso” y a la “civilización”. En la década de los 60 y 70, se ubicaba a los grupos y partidos de izquierda como potenciales grupos terroristas, y los grupos de izquierda que luchaban por canales no oficiales (ya fuera para defender demandas o tratar de generar cambios políticos) como grupos terroristas. Las guerrillas en Latinoamérica invariablemente así fueron consideradas por los grupos que detentaban el poder.

Las acciones de violencia para infundir temor, terror y control son tan antiguas como la misma aparición de las ideas y prácticas religiosas, y que de una forma se adaptaron para mantener el poder y control político. La Revolución francesa -cuna de los ideales democráticos modernos- paradójicamente es el ejemplo más común para ubicar el terrorismo como forma de hacer política: terrorismo de Estado. Se sabe que han existido planes de la CIA y el Pentágono -instancia estadunidense para imponer sus intereses a nivel global– para realizar acciones de terror, como los implementados en Irak (Operación conmoción y pavor).

Dependiendo quién levante el dedo acusador, el terrorismo puede ser usado sin ser mal visto e incluso, puede ser presentado como acciones a favor de “la civilización y la democracia” y como “liberadoras”. Declaraba Donald Rumsfeld (secretario de Defensa en el gobierno de George W. Bush) “Nuestro objetivo es liberar al pueblo iraquí” a los pocos minutos de iniciar el bombardeo sobre Bagdad. Se lanzaron miles de bombas. El permanente asedio, violencia, bombardeo y represión que vive el pueblo palestino por parte de Israel -con el apoyo y silencio internacional- no es otra cosa que terrorismo, sin embargo no se le nombra así y mucho menos se le condena.

Al terrorismo que viene desde las esferas de poder no se le denuncia y condena, y peor aún, en muchos casos es motivo para sumar a otros actores de cúpulas de poder para crear una imagen que les favorece y les pone un halo de paladines de la democracia, defensores de la civilización y el progreso. Hay en estas acciones terroristas una ideología e intereses económicos, que se tratan de imponer y someter a quienes sean voces disidentes.

Los grandes medios de comunicación han realizado un trabajo permanente en fabricar una imagen de terrorista (generalmente nos la presentan como personas con facciones de raza árabe, piel morena, vistiendo ropas que los delatan como árabes y podrían tener capucha), de tal suerte que en el imaginario mundial son esas personas, y no otras, los peligrosos para la paz mundial. La manipulación de la información al servicio de los grandes capitales y la derecha internacional, no descansa.

Es en EE.UU. donde desde una pequeña rendija y a veces con bombo y platillo, actúa una organización de las más antiguas, activas, y de las más influyentes en las esferas del poder económico y político de ese país, con una ideología de odio y terrorista: el Ku Klux Klan (KKK). No ha sido desarticulada, ni mucho menos declarada terrorista y enemiga de los valores y principios occidentales (ellos que se ufanan de ser los defensores de los derechos humanos, la civilización, el progreso y la democracia). Esa cúpula de poder que tanto sataniza y denosta a los grupos u organizaciones que luchan por sus derechos y defienden sus territorios, tachándolos de terroristas (como a los patriotas puertorriqueños, por ejemplo), es la misma que alimenta y en muchos casos son parte del KKK. Basta revisar los ires y venires de las declaraciones de Trump sobre los sucesos en Charlottesville, Virginia.

En eso de enlazar/relacionar como sinónimos, las estrategias en comunicación están a todo vapor. Hemos estado viendo la relación que se establece entre el llamado populismo y el terrorismo. Hace unos años, con la etiqueta de “es un peligro para México” (con imágenes de violencia), se asociaba a López Obrador al terrorismo con el propósito de restarle votos, y últimamente -en el plano internacional- a gobiernos no alineados con los EE.UU., como el caso de Venezuela, personificado en Chávez y Maduro. Y de nuevo, todo gracias a la labor “informativa” de los grandes medios de comunicación y su repetición en las redes sociales.

Con todo cinismo y doble moral, los EE.UU condenan, etiquetan y se autonombran como los principales luchadores contra el terrorismo, cuando son los que han financiado y apoyado logísticamente a grupos y personajes que han realizado acciones terroristas contra el pueblo y la Revolución cubana. Un par de ejemplos: el 4 de marzo de 1960, estalla el barco francés “La Courbre” en el puerto de La Habana, ocasionando 101 muertos, más de 200 heridos y numerosos desaparecidos; el 6 de octubre de 1976, el vuelo 455 de Cubana de Aviación, con destino a La Habana, fue destruido, entre la isla de Barbados y Jamaica, en un atentado terrorista, con un saldo de 73 muertos. Ejemplos del terrorismo auspiciado por Estados Unidos hay muchos en diferentes partes del mundo.

Son los grupos de poder, locales o internacionales, quienes definen qué es y quiénes son terroristas.

Toda acción violenta que implica daños a la integridad física de ciudadanos, para hacerse oír, reivindicar, denunciar, imponer o controlar, es un acto de barbarie, de terrorismo y no tiene justificación alguna, sea a nombre de la defensa de una religión, un sistema político o en defensa de amenaza alguna. Eso me parece.

 

 

 

 

 

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