El fajador de Macuspana (Margensur)

El fajador de Macuspana (Margensur)

Alejandro Saldaña Rosas
Sociólogo. Profesor Investigador de la Universidad Veracruzana
Twitter: @alesal3 / Facebook: Compa Saldaña

 

 

 

 

El fajador de Macuspana

 

La pelea se gana o pierde muy lejos de los testigos, tras las líneas, en el gimnasio y en la carretera, antes de que baile bajo esas luces.

Muhammad Ali

 

Si fuese boxeador, Andrés Manuel López Obrador sería un fajador, es decir, un pugilista que no tiene un estilo muy depurado pero sí mucho aguante, le gusta la pelea en corto y no teme el intercambio de golpes: lo provoca, incluso.

            El reciente intercambio de golpes entre dos pesos pesados: AMLO y Miguel Ángel Yunes, no parece haber diezmado en lo más mínimo el apoyo masivo que el presidenciable recibe en las ciudades y pueblos de Veracruz. Parece que incluso sucede justo lo contrario: cada golpe mediático de parte del gobernador veracruzano engalla y fortalece al dirigente de Morena (quien recibe publicidad gratuitamente), tanto entre sus huestes más fieles como entre ciudadanos que no tienen preferencia declarada, pero que poco a poco comienzan a manifestar que el miedo hacia el Peje se ha atenuado, casi hasta extinguirse.

            El efecto “es un peligro para México” se ha disipado por completo, fundamentalmente porque los nocivos para el país resultaron ser los acusadores, no el acusado. Un sexenio de sangre y miedo (el de FeCal) y tres cuartos de otro (el de Peña) también de sangre, miedo, corrupción e ineficiencia han sido la evidencia palmaria de que el peligro para México provenía justamente de los que lanzaron la acusación por vez primera. La inmensa pobreza en el país, el derrumbe de las clases medias, la debacle del peso frente al dólar, la sumisión ante Donald Trump, los miles de desaparecidos, el cinismo de Ayotzinapa (y Tlatlaya, Tanhuato, Nochixtlán, etc.), la Casa Blanca, los feminicidios a la alza, los gasolinazos y los incrementos en el gas y la electricidad, el desmantelamiento de los sistemas públicos de educación y salud, las desapariciones forzadas, la brutal desigualdad en el país, los ofensivos dispendios de la clase política, entre muchos otros agravios, han dejado perfectamente esclarecido que el peligro para México dejó de ser una amenaza: es real, palpable, cotidiano. Y el peligro no lo representa AMLO.

            López Obrador es un peleador que se crece con el castigo, que encaja los golpes con estoicismo de costal, que brinca al siguiente asalto hinchado de tanto golpe pero con más bríos y ganas de intercambiar puñetazos. Es un peleador que siempre va para adelante, sin importar los ganchos, los jabs, los golpes bajos, los cabezazos inclusive. El Peje ha recorrido mucho cuadrilátero, ha encajado todo tipo de golpes, ha visitado la lona y se ha levantado, escupiendo sangre, para seguir en la contienda.

            Un bofe al que le gusta el intercambio de golpes en corto, que se crece con el alarido del respetable, que con los años de entrenamiento ha logrado contundencia en la pegada, puede ganar la contienda, ni qué dudarlo. La historia del boxeo, y la de la política, está colmada de fajadores que han venido de atrás para derrotar a contendientes con mejor palmarés, técnica más fina y mejor presencia mediática. AMLO es un fajador que con los años ha ganado contundencia en la pegada y, aún más, técnica y estilo. Un rival político que tiene punch, estilo y aguanta todo tipo de golpes, legales y sucios, es sin duda el rival a vencer.

            Por eso llama mucho la atención que pretendan aflojar a un fajador con los mismos golpes que le asestaron hace cinco, hace diez años y que ahora no solamente no hacen ninguna mella, sino lo fortalecen. Acusar a López Obrador de corrupto, de recibir dinero de gobiernos priistas, de ser un peligro para México o de haber encarnado el espíritu de Hugo Chávez, no sólo es ridículo sino un golpe al aire, un volado de derecha totalmente inocuo y hasta cómico por burdo. Además, evidencia que los opositores de AMLO carecen de imaginación política –y de proyecto de país- para cerrar la brecha rumbo a las elecciones del 2018. Y ante la carencia de recursos, inteligencia y capacidad política, recurren a los golpes bajos, al boxeo sucio. Si funcionó en el pasado, funcionará de nuevo, supongo que especulan.

            Sin embargo, el escenario no es el mismo y los posibles contendientes para enfrentar a un peso pesado como Andrés Manuel están francamente esmirriados, políticamente hablando: si Osorio Chong, Meade o cualquier otro candidato del PRI deberá subirse al ring con un corrupto copete como fardo, Anaya por su parte no puede levantar un puño, lastrado por 900 mdp cortesía de Josefina Vázquez, más sus propios negocios turbios. Y qué decir de Margarita Zavala, quien no se distingue precisamente por su viveza, amén de que escurre la sangre y el alcohol que Felipe le ha dejado por herencia. En la otra esquina, Emilio Álvarez apenas se ha calzado los guantes e inicia algunos rounds de sombra, en un afán de que los fotógrafos de ringside lo capten en un gesto rudo y hasta amenazante, o al menos con la guardia en alto. Otros boxeadores subirán al cuadrilátero, más con afán de hacer fintas y restar votos, que con intención de llevarse el combate.

            Es posible que la táctica para ablandar al Peje sea llenar su establo de peleadores bien conocidos -en arenas de tercera- por trácalas y marrulleros. Verdaderos jamelgos de Troya que poco aportan a la campaña del presidenciable, salvo rechiflas y mentadas cada vez que los nombran en la plaza pública. ¿O acaso será la táctica del morenaje incorporar a una caterva de rufianes, convertidos ipso facto al contacto con la mano (izquierda, desde luego) del ungido? Difícil saberlo ahora, pero a nadie extrañaría que Morena siguiera los mismos pasos que su padre, el llamado Sol Azteca.

            El boxeo es un deporte de apreciación. Las elecciones en México también. Tanto el Instituto Nacional Electoral (INE) como el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), los réferis de la contienda, históricamente han apreciado cosas muy diferentes que las del ciudadano de a pie. Como en el boxeo: el respetable observa que el peleador de calzón amarillo ganó de calle la contienda, ¡pero el conteo de los réferis asombrosamente da el triunfo al del calzón azul por .56%!

            La violaciones a las leyes electorales son evidentes, flagrantes, pero el réferi aprecia en la distribución de tarjetas Monex simples yerros administrativos, no compra del voto. Los acarreos de votantes, los mapaches electorales, la coacción del voto, los desvergonzados desbordes de los topes de campaña, la intervención evidente de gobernadores y otros actores políticos en las elecciones, son prácticas comunes de la democracia electorera mexicana. Y los réferis, lejos de la imparcialidad obligada en toda contienda, se convierten en actores principales al evitar que uno o varios boxeadores utilicen guantes fuera de reglamento (y además cargados), peguen debajo del cinturón, asesten golpes de conejo, piquetes de ojo, pisotones, mordiscos a la Mike Tyson, cabezazos con toda la alevosía y mala leche, vamos, hasta permiten echar montón de tres o cuatro contra uno y que el agua del contrincante a vencer haya sido adulterada. Ni en Las Vegas, la llamada capital mundial del boxeo, se ven jueces tan vendidos, tan venales, como los réferis electorales en México.

            En el ring electoral del país, la ventaja del fajador se puede reducir, y eliminar, si desde antes del combate los jueces permiten toda serie de atropellos, triquiñuelas, trampas y chanchullos. Así, es de esperar que en los meses venideros la ventaja de López Obrador disminuya a fuerza de encuestas fraudulentas y que en pleno periodo de elecciones la consigna de los contendientes sea una y la misma: todos contra el Peje.

            Al momento los momios le favorecen, ¿le alcanzará el aire al fajador de Macuspana?

 

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