Me canso de ser hombre (Margensur)

Me canso de ser hombre (Margensur)

Alejandro Saldaña Rosas

Sociólogo. Profesor Investigador de la Universidad Veracruzana

Twitter: @alesal3 / Facebook: Alejandro Saldaña

 

 

 

 

                                                                                   

 

                                                            Me canso de ser hombre 

 

 

 

 

Sucede que me canso de ser hombre. 
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines 
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro 
navegando en un agua de origen y ceniza. 

El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos. 
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana, 
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines, 
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores. 

Sucede que me canso de mis pies y mis uñas 
y mi pelo y mi sombra. 
Sucede que me canso de ser hombre. 

Pablo Neruda. 

https://www.neruda.uchile.cl/obra/obraresidencia2c.html  

 

Tomo en préstamo la expresión de Pablo Neruda de su muy conocido poema Walking Around para afirmar que me canso de ser hombre. No me canso de ser hombre por el olor de las peluquerías, ni me canso de mi sombra o de mis uñas, tampoco me canso del hastío que trasluce la potente prosa poética del Nobel chileno. Me canso de ser hombre porque a veces, como hoy, como ayer, me avergüenzo de ser hombre.  

Me canso de ser hombre porque son hombres, como yo, los que asesinan, violan, matan, secuestran, agreden, ofenden. No soy un psicópata ni un loco. Nunca he violado, ni matado ni secuestrado a nadie. Y no lo haré jamás, pero soy un hombre “educado” en una familia tan normal como la de muchos. Algunos de esos muchos sí han violado, atacado, asesinado. Es más, lo están haciendo en el mismo instante en que yo escribo estas líneas. Cuando yo termine de escribir iré a cenar algo ligero, igual que lo hará el hombre que acaba de asesinar a una chica por el sólo hecho de ser mujer. Si usted nos ve en la calle no podrá diferenciar al asesino del articulista: nos parecemos tanto. 

Me canso de ser hombre. Hoy no quiero serlo, pero tampoco puedo evitarlo. Tampoco quiero ser mujer porque seguramente estaría cansada de ser mujer. Cansada de ser acosada, agredida, insultada, violada, asesinada. No puedo evitar ser hombre, pero me cansa serlo. Me canso de acosar, agredir, insultar, violar y asesinar. Me canso de ser hombre porque en mí están todos los hombres, los que violan y asesinan incluidos. De poco o de nada ha servido que yo intente eludir los mandatos de la misoginia, el machismo y el patriarcado cuando en mi país, en mi ciudad, en mi centro de trabajo, en mi colonia siguen agrediendo, desapareciendo, violando y asesinando a miles de mujeres.  

¿De qué carajos le ha servido mi “conciencia” a Mara? ¿A Lesvy? ¿A Teresa? ¿A Olga, Judith, Paulina, Georgina, Brenda, Patricia, Tania, Sandra….? ¿De qué le ha servido a miles de mujeres que yo y muchos hombres más no seamos asesinos ni violadores, pero otros muchos sí? Es verdad que no todos los hombres somos iguales, pero eso a Mara, a Lesvy, a Teresa, a Silvia, a Mónica, a Elizabeth y a tantas mujeres más que fueron asesinadas, les tiene sin cuidado. Están muertas. Ellas fueron asesinadas no por los muchos hombres que no somos asesinos, pero sí por uno (o unos) que lo es. Un asesino que muy probablemente fue nuestro compañero de juegos cuando niños, nuestro camarada de parrandas en la prepa, nuestro colega de la oficina de enfrente a quien saludamos todas las mañanas. 

No puedo estar en paz mientras una sola mujer sea asesinada. O violada. O atacada de cualquier forma. Por eso me canso de ser hombre. No porque yo haya sido o sea el agresor (que lo he sido, a través de la palabra y con mis actos), sino porque mi “conciencia” no ha evitado miles de muertas y desaparecidas. Ni la “conciencia” de muchos, no sé cuántos. De muy poco, o de nada, han servido las marchas en las que solidariamente he participado “en apoyo a las compañeras”. Si con tantas marchas, acopio de firmas, desplegados y exigencias hubiéramos detenido la barbarie, estaría orgulloso de haber formado parte de ese movimiento. Pero no ha sido así. Mi grito, nuestro grito, ha sido insuficiente y las mujeres desaparecidas, violadas y asesinadas se cuentan por miles. Y aunque fuese una sola, no estaría en paz. Nadie puede estar en paz. Nadie. 

Me canso de ser hombre. Mi agotamiento es de años de haber celebrado, entre hombres, chistes misóginos, bromas sexistas, humor infame. Cansancio que viene de muy lejos, de mi infancia y los juegos que denostaban (denuestan) a la mujer al grito de “¡vieja el último!”. De los años en la escuela, incluso en la universidad, en los que las explicaciones a las mujeres las hacíamos diferentes que hacia los hombres: “con naranjas y manzanas, para que entiendan”. Me acostumbré a ello, era normal, en mi familia (como en tantas otras) no se cuestionaba en lo absoluto que los hombres explicaran a las mujeres lo que supuestamente no sabían: el funcionamiento de la licuadora, los hábitos de los gatos,  o el desequilibrio en la balanza comercial. En mí aún resuenan las voces de mi padre, de mis tíos y mis primos explicando con tono docto, ufanados de sí mismos, los misterios de la tracción delantera, los entresijos de las ollas exprés o los trucos para impedir que se oxiden los birlos o los aguacates. Ah! porque como hombres sabemos de todo, entendemos de todo y si algo se nos escapa es por culpa de alguna mujer “que me distrajo”. Me canso de ser hombre y no saberlo todo, es más, de saber casi nada de muy poco. 

Estoy cansado de ser hombre y más aún, “de izquierda” (lo que ello signifique) y no renunciar a los privilegios masculinos en aras de la “lucha de clases” o porque el enemigo principal exige sacrificios…. de las camaradas, antes que de los líderes. Estoy cansado de ser hombre -y de guardar silencio- cuando los compañeros justificaban lo injustificable mediante “análisis de coyuntura” que invariablemente dejaban a las compañeras en una posición subordinada. 

Me canso de ser hombre y lo que se espera de mí: proveedor para mi familia. Sin embargo, la sola posibilidad de renunciar a mi rol en la economía familiar y en la reproducción social, me aterra. No sé si soy “consciente y buena onda” o no, pero me siento bien porque llevo el sustento a casa, en una relación muy equilibrada con mi pareja. Pero no puedo imaginarme sin ganar dinero. Me canso de ser hombre, si ser hombre es ganar dinero y con ello, obtener privilegios derivados de esta condición. No me importa la cena caliente ni la camisa planchada: mi compañera tiene exactamente el mismo derecho a la cena y a la ropa, al descanso y a la farra. Ganamos más o menos lo mismo, compartimos gastos, compartimos responsabilidades. Pero aún así, me sigo retorciendo en la silla si ella paga la cuenta de la cena. 

Me canso de ser hombre porque muchos de los códigos de los hombres, “muy hombres”, no los comparto. No quiero ganar a toda costa, no me interesa el éxito con signos de pesos por delante, tampoco me interesa ir al table ni presumir a mis amantes; no quiero autos poderosos, ni relojes con joyas incrustadas, ni corbatas de seda o casas en la playa. Me canso de imaginar ser ese hombre que se supone ha triunfado.  

Me canso de ser hombre y renuncio a la tarea. Mi opción es ser no-hombre, quizás así pueda algún día atisbar a través de la mirada de la mujer que mi mira en tanto hombre. ¿Qué ve en mi una mujer que me mira en tanto hombre? No lo sé, sólo espero que vea a un hombre que se cansa de ser hombre. Un hombre que quiere ser no-hombre para ver con los ojos de la mujer que lo mira.  

Y por supuesto, no quiero, como Neruda, “dar muerte a una monja con un golpe de oreja”.  Pero yo también, como Neruda:  

 

“paseo con calma, con ojos, con zapatos, 
con furia, con olvido, 
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia, 
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre: 
calzoncillos, toallas y camisas que lloran 
lentas lágrimas sucias” 

 

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