El sumiso ilustrado (Margensur)

El sumiso ilustrado (Margensur)

Alejandro Saldaña Rosas
Sociólogo. Profesor Investigador de la Universidad Veracruzana
Twitter: @alesal3 / Facebook: Compa Saldaña

 

 

 

 

El sumiso ilustrado

 

Entre sumisión e ignorancia los lazos son fuertes: se determinan mutuamente, se retroalimentan y re-producen. El sometimiento a las diferentes formas de poder: religioso, político, institucional, intelectual o de cualquier tipo (exceptuando quizás la sumisión sexual que transita por otras vías) en no pocas ocasiones es la mera expresión de la ignorancia. El sumiso ignora que tiene derechos, que tiene capacidad de respuesta, que incluso posee potencialmente la posibilidad de dejar tal condición. A fuerza de la reiteración, el sumiso ignorante perpetua las condiciones que lo mantienen como tal, “protegido” por su propio oscurantismo. De esta forma, preservar la ignorancia es mantener una suerte de sumisa felicidad que es procurada y aplaudida desde el poder.

            Es la fórmula de la felicidad cacareada por Vicente Fox cuando dijo a una mujer que si no leía el periódico viviría más contenta:

(http://www.proceso.com.mx/249379/vicente-fox-y-el-analfabetismo-como-formula-ideal). Mismo esquema reproducido por otro imbécil, el hoy gobernador de Nuevo León, Jaime Rodríguez, el apodado “Bronco” y que es manso como jamelgo de carga: “No lean periódicos, no gasten dinero inútil. Lean Facebook, es gratis” (http://www.eluniversal.com.mx/entrada-de-opinion/columna/paola-rojas/nacion/2017/03/3/el-bronco-dice-no-lean-periodicos?fb_comment_id=599828036808498_599971250127510#f17afc33e01c7ea). Para completar la tercia de brutos autoritarios, cabe mencionar a Peña Nieto y su analfabetismo funcional expresado en su horrible Casa Blanca sin un solo librero.

            Por supuesto que a lo largo de la historia la ecuación ha fallado más veces de las que ha sido corroborada: si fuese ciencia exacta (que por cierto no existe) jamás las masas de ignorantes se habrían levantado en armas, levantado en rabia, para darle vuelta a la historia. No sólo a la Historia, sino a sus historias personales, las del día a día, las de cada minuto, las historias cotidianas en la que se teje, y desteje, la sumisión forjada con lisonjas espontáneas, arrumacos de ocasión y oportunidades de portazo.

            No, los ignorantes insumisos se levantan en almas a pesar de la lechita tibia y los cantos al oído, empujados por fuerzas más bien desconocidas pero acaso adivinadas en sus rostros emputados, en sus muecas desdeñadas, en sus machetazos con filo de verdad y aroma a obsidiana.

            Desde el poder es frecuente celebrar la ignorancia que se expresa en sumisión y en “subjetividades agradecidas”, como dicen Silvia Duschatzky y Patricia Redondo (http://23reuniao.anped.org.br/textos/1403t.pdf), puesto que un sujeto doblegado no repara en sus derechos. Esto es: quien no se asume como sujeto de derecho es fácilmente convertido en objeto de caridad, en depositario de dádivas y favores. Las dádivas, los favores, la misericordia se agradecen: al padrecito de parroquia, al presidente en turno o al funcionario con pretensiones dadivosas.

            Los derechos se defienden, se lucha por ellos, se reivindican. El principio de separación en la cartografía de lo político es básico. Tú estás de aquel lado, yo de este, coincidimos en varios planos pero es necesario negociar puntos en común. Mis derechos, por cierto, no se negocian, son irrenunciables, porque si cedo no tengo posibilidad alguna de negociación: me anulo como sujeto.

            No hay que confundir respeto con sumisión, ni cortesía con cobardía. El sumiso ilustrado conoce las diferencias, las cultiva y se solaza en ello. Allá él (o ella), pero hay un punto de quiebre inaceptable: cuando el sumiso ilustrado dobla la cerviz después de despotricar, mentar madres y gritonear con aspavientos de marioneta contra el poder de la autoridad ante la cual, después de algunos arreglos en lo oscurito (y ni tanto), se doblega. El sumiso ilustrado no es menos sumiso que el ignorante, simplemente lo es por motivos diferentes, incluso hasta peores. El sumiso ilustrado protesta, grita, se rebela apenitas: fuegos fatuos en la coreografía del poder en la que hay pocos invitados.

            De ahí que la sumisión ilustrada sea de otra especie: injustificada e infame. El sumiso ilustrado sabe perfectamente bien por qué y ante quién se entrega. Ruega un gesto de cariño, o un chingadazo, de su figura de poder y admiración, ante quien patalea y hace pujiditos. A diferencia del ignorante, el sumiso ilustrado posee la información, los datos del contexto, los detalles mínimos, inclusive sabe de las consecuencias de su acto y con todo eso decide, con plena y absoluta lucidez, bajar la cabeza, meter el rabo entre las patas y carcajearse de su propia infamia. El sumiso ilustrado disfraza su vileza con citas en formato APA.

            El sumiso ilustrado alega a su favor que la suya es una sumisión irremediable, obligada, de altos vuelos, y quizás incluso hasta “con causa”. El sumiso ilustrado jamás concederá que su pliegue es un acto de cobardía, desde luego que menos de sumisión; dirá que no le quedó de otra y hará de su decisión un acto de oropel con cobertura institucional: un merengue inflado por fuera, inconsistente por dentro.

            El sumiso ilustrado busca prebendas, ínfimas casi siempre, si no ¿para qué doblegarse, fingiendo no hacerlo? Puede que las canonjías derivadas de la sumisión no sean más que espejitos, pero son lo suficientemente brillantes como para convocar a pesos completos de la sociología con doctorados en ciencias políticas o similares. El sumiso ilustrado casi siempre tiene una enciclopedia en la cabeza: cita de memoria, recuerda libros, páginas y párrafos completos. Ha construido una villa en torno suyo, un fuerte imaginario, una estructura intelectual para resguardar con alfileres y en una tablita su vulnerable petulancia.

            El sumiso ilustrado se consume en su propia derrota. Cursa licenciaturas, maestrías y doctorados cuando la suya es una voluntad doblegada, un pedacito de hombre (o de mujer) que procura salir en la foto de la historia, aunque sea en páginas interiores o en la nota roja. Lo importante es figurar, estar presente, dejar huella, aunque a nadie importe su ínfima presencia. El sumiso ilustrado tiene que dejar constancia de que allí estuvo. Hay sólo una consigna que importa: que no se note el rabo entre las patas, que no se huela el miedo, menos en la foto de familia.

            El sumiso ilustrado es onanista por antonomasia: cerrado en su más profundo atrevimiento, cegado a otras posibilidades que escapen al alcance de su mano, el sumiso ilustrado encuentra en la violencia frente al otro la justa medida de su impotencia. Chaqueterito con miedo a los pelos en la palma de la mano.

            Al sumiso ilustrado, cobarde de suyo, basta que le susurren dos promesas y una mitad de amenaza para que apechugue rapidito. Con tal de que no se note demasiado, su abyección puede dar dividendos a futuro: una diputación, una alcaldía, el ingreso al senado o ya de perdida la promesa para la próxima candidatura a la flor más bella del ejido.

            El sumiso ilustrado es la quintaescencia del sistema político mexicano. Ese que, exangüe, se aferra a lo que debe y se escurre en lo que puede.

 

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