La construcción de la paz

La construcción de la paz

Alejandro Saldaña Rosas
Sociólogo. Profesor Investigador de la Universidad Veracruzana
Twitter: @alesal3 / Facebook: Compa Saldaña

 

 

 

 

La construcción de la paz

 

Probablemente nuestras generaciones, digamos de los llamados baby boomers para acá, sean las primeras que se hayan visto obligadas a plantearse la construcción de la paz como una tarea de vida o muerte, literal.

            Esto no significa que en nuestro país la paz haya sido una constante, por el contrario, la de México en gran parte es una historia de insurrecciones, golpes de estado, guerrillas, violencia institucional, represión, narcotráfico, crímenes callejeros, abusos sistemáticos y venganzas inmediatas. Tampoco es tan diferente a la historia de muchos otros países, salvo casos excepcionales de violencia extrema o de paz radical. Pero me parece que nunca antes en México se nos había presentado con tal urgencia la construcción de la paz, un desafío para el que por cierto no hemos sido preparados, que incluso no se reconoce como una emergencia nacional, como una tarea de vida o muerte, literal.

            La construcción de la paz jamás se había revelado como una emergencia quizás porque nunca antes el Estado se había manifestado como el principal enemigo de las y los mexicanos. Y no es que el crimen organizado se haya sabido ocultar en los pliegues institucionales, en lo absoluto, ahí están Fidel Velázquez, Joaquín Hernández, Gastón N. Santos, el Negro Durazo, Cirilo Vázquez, Carlos Hank González o Enrique Peña para corroborar que los puntales del sistema político mexicano son esencialmente delincuenciales, y viceversa: la delincuencia organizada (y la desorganizada también) son impensables sin el cobijo “democrático” de los regímenes “emanados de la revolución”. Pero nunca en la historia de México, en supuestas épocas de paz, han habido tantos muertos, tanto miedo, tanta violencia, tanta inseguridad.

            Ni durante la Reforma, el Porfiriato, la Revolución o la guerra cristera el Estado se había revelado como el principal enemigo de la población; hace años las políticas del estado benefactor dotaban al régimen de un halo protector que con una mano entregaba prebendas (que no derechos) al tiempo que con la otra exigía sumisión absoluta. La sumisión a las figuras de autoridad era total y la obediencia ciega: al padre, al cura, al gobernador en turno y ni qué decir al Presidente (escrito con mayúsculas).

            Debo reconocer que en esa disciplina fui formado: bien peinado, bien portado, silencioso, obediente, siempre firmes, de pie cuando salía el Presidente (con mayúsculas) en la televisión, siempre diez en la boleta (y alguna vez con un ocho mi madre me llamó para preguntarme, escandalizada, qué me estaba pasando, si me estaba “desbalagando”), nunca una grosería en los labios, menos una inquietud en la entrepierna o un atrevimiento en la imaginación. Ridícula y absurda sumisión que, por fortuna y sobre todo por rebeldía, no cuajó en mí.

            Mi caso no fue único, en lo absoluto. Fuimos educados para servir en un país que a decir verdad, nunca existió, o si acaso fue real para una parte muy pequeña de la población. Pero si algo había en ese México de los años setenta, ochenta, del siglo pasado era una paz que no se conquistaba: estaba allí desde antes de nacer y por ende, nos correspondía por herencia. Una paz con alto contenido de simulación, demagogia y estrechos márgenes de tolerancia: si estabas dentro del sistema, aún en la parte más extrema, podías esperar vivir en una paz más o menos turbulenta. Estar fuera del sistema era poco probable y si acaso sucedía, la funesta condición significaba tu condena a no vivir en paz porque “tú te lo buscaste”. La distancia entre la paz y la violencia era resultado de las malas decisiones de cada quién, o de ciertas coincidencias desastrosas.

            Hablo, desde luego, de una parte minúscula de México: un pedacito urbano, clasemediero, chilango, universitario. La paz estaba allí porque era parte del paquete de bienestar social de la clase media en ascenso, no se luchaba por ella: nuestros abuelos y nuestros padres habían dado la batalla por nosotros. Su bregar había sido por la subsistencia, por la casa, por la salud, por la educación. A ninguno de ellos se le hubiese ocurrido pensar que su lucha era por la paz.

            En esos tiempos uno nacía, crecía, y al salir a la calle la mayor preocupación eran los robachicos, o con más años, las malas compañías. Pero nadie se preguntaba por la paz porque era un dato duro: las familias se ufanaban de dormir sin cerrojo y con la puerta abierta. Ni se diga en las ciudades del interior del país: si la capital era una suerte de antesala del infierno, el México de las tradiciones familiares, con damas recatadas y merienda a sus horas, estaba protegido a fuerza de rezos domingueros y arrepentimientos cotidianos. La paz se conquistaba, si acaso, en el confesionario, pero era un asunto absolutamente privado.

            La llamada “paz provinciana” era subvertida ocasionalmente por casos de abigeato, por asesinatos de ocasión y nota roja, por robos esporádicos y uno que otro escándalo: espectaculares fugas de prisión, madrotas de mandil, rateros de corbata y piernas ágiles. Incluso en las grandes ciudades (expresión desmedida para incluir en la misma cesta al DF, Monterrey, Guadalajara, Tijuana y alguno que otro pueblote con exceso de autos) los crímenes, de tan pocos, tenían cabida en las estadísticas de tarjetitas, antes de las hojas de cálculo y los sistemas informatizados. Los barrios y los pueblos conocían a sus delincuentes y hasta estima les tenían porque eran de casa, digamos.

            Ahora sabemos que aquella paz pacata y provinciana incubaba al monstruo que nos ha brincado de repente. La sumisión, la obediencia y las buenas costumbres son campo fértil para que la violencia se entronice. Violencia que se escurre despacito en la diaria agresión doméstica, en el bulling escolar, en el acoso callejero, en la devaluación sistemática por ser mujer, por ser pobre, por ser prieto, por ser indio, por ser gay, por ser albañil, por ser campesino, por ser empleado, por “no ser” por no tener trabajo ni escuela.

            No podemos –ni debemos- aceptar que la paz está lejos, que es cuestión de tiempo, que no podemos ver resultados en el corto plazo, que los nudos de la delincuencia son tan sólidos que tardaremos décadas en deshacerlos. Admitir que la paz es un horizonte que excede las próximas 24 horas significa claudicar a su construcción. Y mientras, que nos secuestren, nos maten, nos intimiden. No, inadmisible. Toda vez que en el Estado se organiza el crimen, los funcionarios que ocupan cargos de gobierno están obligados a cumplir con sus obligaciones no mañana sino hoy, hoy, hoy. Y a dar resultados, por supuesto. No es opcional, es su obligación. Más aún cuando se han comprometido a ello.

            La construcción de la paz es cotidiana, irrenunciable, impostergable. Es una exigencia centralmente política porque son nuestros derechos humanos los que están en juego. Y si no pueden, ¡renuncien! Pero no podemos dar tregua alguna en la construcción de una cultura de paz que nos permita imaginar otro país posible. Un país que merecemos.

 

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