La France: Emmanuel Macron

La France: Emmanuel Macron

Satya Chatillon Sánchez

Licenciada en Filosofía y Letras (UNAM)

Facebook: Satya Chatillon

 

París, Francia. 9-V-17

La France: Emmanuel Macron

 

 

Recién electo presidente de Francia

Símbolo de juventud, de ruptura con el viejo mundo y renovación de la vida política, Emmanuel Macron se convirtió el pasado domingo en el nuevo presidente de Francia. Con solo 39 años de edad y con un partido creado hace apenas unos meses, este candidato obtuvo el 66 % de los sufragios en la segunda vuelta de la elección presidencial.

 

Ruptura en la continuidad

 

Ex banquero, ministro de Economía durante el mandato de François Hollande, y firme impulsor de la reforma laboral (Loi El Khomri) que hace apenas un año movilizó a amplios sectores en contra de la flexibilización de las condiciones de trabajo, Emmanuel Macron llega al eliseo tras una sorprendente ascensión en la esfera política como la cabeza de una nueva generación de gobernantes. El rostro es joven, carismático, osado y lleno de determinación; el discurso emplea palabras como “gran cambio”, ruptura o hasta “revolución”. Algunos medios consideran que se abre una nueva página en la historia de Francia, otros afirman entusiasmados que los franceses se atrevieron a hacer un viraje frente a la vieja estructura gubernamental. 

 

El nombre del nuevo partido, En Marcha, comparte las iniciales de su líder. Más allá de las características específicas de este personaje, es posible decir que a través de él vuelve a emerger un imaginario político bien anclado en la cultura francesa: aquel que se basa en un hombre de Estado poderoso, determinado y renovador. El tipo de política que con él se propone es una en la que predomina la personalidad sobre el programa, predomina lo mediático sobre lo ideológico, y en donde se movilizan todos los símbolos de una individualidad que a través de un “nuevo movimiento” y la “unidad de las distintas fuerzas políticas” será capaz de sacar al país de la crisis actual.

 

Este fenómeno político y las cúpulas que lo llevaron al poder se caracterizan por presentarse como “ni de derecha ni de izquierda”, más bien, según cada caso, retoman ideas de ambas tradiciones políticas. Con un discurso abiertamente pro-europeo y bajo la etiqueta de “centrista”, este personaje sostiene un programa que algunos analistas definen como “Social-Liberal”: socialmente hacia la izquierda y económicamente hacia la derecha liberal. Lo que difícilmente puede ser negado es que detrás de esta imagen de gran cambio y renovación, la propuesta del nuevo presidente no es sino la prolongación del proyecto de sociedad actualmente en el poder: impulsar la liberalización de la economía, mantener una política de seguridad cada vez más fuerte, promover la cultura y la  educación sin por ello cuestionar la desigualdad de oportunidades y riquezas, apostarle al empoderamiento del país permaneciendo en estructuras internacionales como la Unión Europea y la OTAN, entre otras. En este sentido, el triunfo de Emmanuel Macron y las cúpulas económicas que lo sostienen podría definirse como un fenómeno mediático de renovación que permite asegurar la continuidad. 

 

A escala internacional, el hecho de que no haya accedido al poder una propuesta extremista y económicamente impredecible como ocurrió con Donald Trump parece haber ocasionado cierta tranquilidad. Por su parte, Emmanuel Macron se presenta como el jefe de un gobierno dinámico, listo para emprender reformas pero totalmente fiel a una visión del mundo y la economía. Finalmente su renovación en la continuidad es una configuración política que aparece en extremo para neutralizar la protesta social.  

 

Ni derecha ni izquierda, sino todo lo contrario

 

No cabe duda que estas elecciones fueron un momento singular en la historia de Francia. Mientras que en los últimos 50 años los dos partidos tradicionales de derecha y de izquierda se habían alternado el poder, ni los Republicanos ni el Partido Socialista lograron llegar a la segunda vuelta de la elección. En esta ocasión, la elección tuvo que hacerse entre la candidata nacional-socialista del Frente Nacional -partido de extrema derecha, nacionalista, antieuropeo y racista- y el candidato de este nuevo movimiento vinculado con élites empresariales que tuvo como estrategia electoral desmarcarse del sistema de los partidos clásicos. 

 

Desde la primera vuelta, el hartazgo generalizado de una vida política estancada en prácticas y discursos rancios, hizo que de ambos lados los partidos llamados “extremos” o abiertamente antisistémicos (Jean-Luc Melanchon en la izquierda y Marine Le Pen en la derecha) tuvieran más fuerza que nunca. Este hecho presenta a un país dividido y con una necesidad de modificar profundamente amplios sectores de la sociedad. El asunto laboral, las políticas de inmigración, el tema de la seguridad se encuentran en el corazón de los debates de estas distintas propuestas de sociedad, sin embargo, aunque no fue uno de estos partidos que abiertamente atentaban contra el status quo el que logró la mayoría, está claro que, con el triunfo de un independiente, en la vida política francesa los partidos clásicos perdieron su monopolio anterior. 

 

Previo al anuncio de la composición de su gobierno, y antes de las elecciones legislativas en las que se verá si obtiene una mayoría para gobernar, la estrategia de Macron apuntala en mantener cierta ambigüedad política, que le permita hacer confluir a personajes de diversas trayectorias políticas. Después de su triunfo electoral, sin una estructura partidista sólida que lo sostenga, una sus principales preocupaciones será la de recibir el apoyo de ciertos sectores y crear alianzas estrategias con ellos. En todo caso, más allá de las personalidades que se sumen a este proyecto político, los grupos que lo llevaron al poder han dejado sus intereses bien claros, y por falta de oposición es posible que se encuentren con un terreno bastante propicio para defenderlos.

 

El enemigo común 

 

Para una parte muy importante de la sociedad francesa, la segunda vuelta de esta campaña presidencial estuvo marcada por un tema central: la urgencia de evitar la catástrofe. Había una preocupación generalizada porque el Frente Nacional (FN) tuviese la posibilidad de acceder al poder. Es la segunda vez en la historia que este partido pasa a la segunda vuelta. La primera fue en el 2002 cuando Jean Marie Le Pen, gran símbolo de la Francia racista y proteccionista sorprendió a todos llegando segundo en la lista. En 2017, a través del rostro modernizado de su hija Marine Le Pen, por todos era sabido que el FN estaría entre las cabezas de la elección presidencial. Respondiendo a la difícil situación económica en la que se encuentran amplios sectores de la sociedad francesa, este partido se sirve de un populismo nacionalista, sostiene un proteccionismo económico y utiliza la retórica que identifica al extranjero como la fuente de todos los problemas de los “franceses verdaderos”. Desde la mayoría de los medios de comunicación, intelectuales, personalidades públicas, y en la opinión pública en general, se hizo un llamado masivo a “no dejar pasar al Frente Nacional”. 

 

Finalmente, el triunfo de Macron fue leído por algunos sectores como el momento en el que lo peor había sido evitado. Sin embargo, hay que recordar que la derrota de Marine Le Pen no elimina que el FN obtuviera el puntaje más alto de su historia (11 millones de votos a favor, el doble de lo que había logrado su padre en 2002), que es una ideología que logra seducir a cada vez más personas y que ahora se presenta como la fuerza de oposición oficial. El discurso de este partido populista y racista es el de presentarse como la opción del pueblo (francés y blanco) trabajador frente a la política de los ricos, el mundo de las finanzas y del libre mercado internacional encarnada en el proyecto de Macron.

 

Lo que queda claro es que mientras el debate público siga estando centrado en los temas de la identidad nacional francesa, en el problema de la inmigración, el monstruo del terrorismo y la amenaza que representa el islam para los valores de la República, el FN seguirá teniendo un lugar privilegiado en el debate público. De la misma forma, por más que el resto del espectro político lo señale como el mayor de los peligros por sus ideas xenófobas, nacionalistas y de fuerte confrontación social, si no hay un cambio en las condiciones de vida para las clases más precarias y vulnerables de la sociedad, la cantidad de adherentes no hará más que continuar incrementándose. 

 

En términos reales, se puede afirmar que Le Pen quedó en el tercer lugar de la elección, tras el voto blanco y la abstención: con más de cuatro millones para el primero y arriba de 12 para el segundo, casi un tercio de los votantes prefirieron no elegir entre los dos candidatos. Esto sin contar la elevada cantidad de personas que abiertamente votaron para evitar la derecha extrema, y no a favor de un proyecto político, es decir, en un voto de rechazo y de miedo. 

 

En los barrios de Ménilmontant y Belleville, el día mismo de la elección algunos jóvenes parisinos se reunieron para protestar contra el gobierno electo. La cantidad de granaderos que se movilizaron para esa noche fue similar a la cantidad de manifestantes. Por su parte, el concierto en el Louvre no pudo hacerse más que bajo un poderoso sistema de seguridad y la paranoia de que un suicida furioso arruinara las festividades electorales. Parece haber ocurrido un cambio importante en la vida política del país, esperemos solamente que no quede anulado del debate público el carácter ultraliberal y policiaco en que se ha convertido el Estado francés.

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