Despatriarcalizar la política

Despatriarcalizar la política

Érika Paz

Asesora parlamentaria en temas de comunicación. Co-conductora del programa Jaque Al Rey

@paz_eri

 

 

 

 

Despatriarcalizar la política

Sin duda, nos encontramos ante un concepto nada amable y en apariencia inaccesible. Muy probablemente alguno o alguna se preguntará qué diablos es eso o cómo se logra semejante objetivo.

Empezaré por referir un precedente muy vinculado a la despatriarcalización de la política. Un debate que aún se encuentra en construcción pero que han introducido con “mejor recepción” algunos feminismos y campea en el discurso de las mujeres políticas: se trata de la “feminización de la política”.

Nadie niega la importancia de que haya cada vez más mujeres ocupando puestos y, sobre todo, los puestos de representación popular con el objetivo de alcanzar la paridad como un primer paso para el reconocimiento del papel de las mujeres en la política. No obstante, las cuotas de género no han significado necesariamente mayor sensibilidad sobre la causa de las mujeres, en lo correspondiente al reconocimiento de sus derechos humanos.

Por el contrario, si tomamos como ejemplo las instituciones políticas, en donde ha habido un importante aumento de la presencia de mujeres, nos encontramos con una embestida partidista que ha ocupado las cuotas de género con discrecionalidad. Y en los casos en los que las mujeres logran acceder a espacios en el ámbito político han tenido que enfrentar nuevas modalidades de violencia, como la violencia política o el acoso laboral.

A partir de esta realidad podemos preguntarnos: ¿por qué la política, un espacio destinado a la deliberación, un ámbito destinado a la emancipación de cualquier yugo o forma de dependencia, no ha sido del todo capaz de propiciar la libre participación de las mujeres, sin reproducir las relaciones de subordinación y dominio propias del patriarcado?

Como saben, en las sociedades patriarcales el modelo de dominante es la figura del hombre a la que socialmente se le ha atribuido una serie de características relacionadas con la valentía, la resistencia, la corpulencia, y se asume que el hombre es “naturalmente” más fuerte respecto a las mujeres. Asimismo, en las sociedades patriarcales se han instituido relaciones de dominación y subordinación con base en jerarquías de clase, raza, etnia, o edad y género.

Cuando hablamos de despatriarcalizar la política, partimos del hecho de que la política se ha edificado y constituido a través de formas de organización social y política en las que los hombres han ocupado los puestos de poder y autoridad en todo ámbito (llámese academia, religión, deporte o economía) y que el ascenso de los hombres a los puestos de autoridad y su permanencia se ha apoyado en la división sexual del trabajo, que determina labores y espacios específicos para las mujeres y los hombres.

A las mujeres se les delegó al espacio privado, a las tareas de cuidado, al trabajo doméstico no remunerado y a la reproducción; en tanto a los hombres les correspondió el espacio público, el trabajo productivo y remunerado. Un paradigma que evidentemente se ha transformado pues nos encontramos ante nuevas formas de relaciones y organización del trabajo.

Este cambio cultural se debe, sobre todo, a las luchas de las mujeres que han logrado el reconocimiento formal de sus derechos políticos, humanos y sociales. Luchas que, conviene recordar, sucedieron en contextos de exclusión, subordinación y explotación de las mujeres.

Por lo que en el importantísimo proceso de construcción de nuestra democracia, es preciso colocar en el debate actual el gran reto de la despatriarcalización de la política, para lograr paulatinamente que los derechos humanos de las mujeres –reconocidos en nuestras leyes y en tratados internacionales de los que México forma parte– tengan efectividad.

Para ello se requiere visibilizar y denunciar las prácticas que reproducen el sexismo, la misoginia, el machismo. Prácticas que van desde el uso del lenguaje despectivo o demeritorio y que objetualiza o invisibiliza a las mujeres, hasta la normalización de las violencias machistas y la continuidad y reforzamiento de la dependencia de las mujeres a los hombres o al Estado.

Despatriarcalizar la política es desnaturalizar la representación de las mujeres como inferiores a los hombres, una representación que termina por afectar su identidad y la configuración de su personalidad. Despatriarcalizar es contribuir a la redistribución del poder político, económico, social, cultural.

Hacer frente al patriarcado es transformar las relaciones de dominio masculino dentro de la política; de las empresas privadas, de los espacios de participación, como asambleas, la comunidad, grupos de solidaridad, comités vecinales, organizaciones de la sociedad civil, en el interior de las instituciones (familia, partidos políticos, escuela, etcétera).

A la luz de esta problematización es relevante también tener en cuenta los privilegios que cada persona tiene (tenemos) en la escalera de poderes, los cuales, la mayor de las veces, no permiten cuestionar su propio poder en la repetición de estas estructuras, de tal manera que olvidamos preguntarnos qué posición ocupamos en la sociedad como hombres y mujeres, y cuál ha sido la de nuestras familias o nuestro entorno social más cercano.

Olvidamos que las mujeres indígenas, afrodescendientes o los sectores populares de la población son sujetos construidos por procesos históricos… Y nos concebimos, o llegamos a concebirles, sólo como sujetos con características fisiológicas, sociales y culturales “naturalmente” dadas, permitiendo con ello que las identidades sean incuestionables.

En este ejercicio de reflexividad cabe cuestionarnos sobre cómo y por qué la sociedad que habitamos ha dado pie a que la diferencia se haya convertido en un sinónimo de desigualdad. Y por qué observamos la marginación, la exclusión o la discriminación desligada del racismo, el clasismo o el sexismo; y al patriarcado alejado del racismo, de la dominación de género y de la dominación por clase social.

Es importante no dejarnos seducir por la falsa ilusión de que actualmente las mujeres ya ocupan todos los espacios y, por ejemplo, de que la totalidad de las mujeres están accediendo al poder político en igualdad de circunstancias que sus compañeros.

Para transformar las formas de relación en el interior de las organizaciones políticas, sean partidos políticos, asambleas, comités, comisiones, grupos de solidaridad o grupos de amistades, en los espacios como la familia, el salón de clases, el trabajo o en la comunidad, es necesario propiciar la libre participación de las mujeres y observar de forma detallada la redistribución del poder en nuestras relaciones.

La despatriarcalización de la política es una invitación –a hombres, mujeres y personas sexodiversas– a no asumir de manera mecánica o completamente predecible las normas religiosas o morales y las normas o pautas sociales con las que hemos crecido, aquellas que reproducen los medios de comunicación o las industrias culturales, la música, algún tipo de cine, las telenovelas, los programas e incluso los noticiarios radiofónicos o televisivos, o la prensa escrita.

La despatriarcalización de la política implica asumirnos más como ciudadanas y ciudadanos capaces no sólo de reformar normas jurídicas, sino de reformular y cambiar nuestras normas sociales o morales, para acortar paulatinamente la brecha de la desigualdad entre hombres y mujeres.

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