#VibraMéxico: lecciones de un acto fallido

#VibraMéxico: lecciones de un acto fallido

Ricardo Bernal

Doctor en Filosofía Moral y Política (UAM-I). Profesor de filosofía social y filosofía de la historia (La Salle)

@FPmagonista

 

 

 

#VibraMéxico: lecciones de un acto fallido

Freud utilizó la expresión Fehlleistun (acto o rendimiento fallido) para dar cuenta de aquellas acciones que escapan a la conciencia del individuo y terminan por expresar mensajes distintos e incluso opuestos a sus propias intenciones. Los ejemplos de este mecanismo del inconsciente son bien conocidos por todos: los lapsus, los errores en la lectura o en la escritura, los olvidos inexplicables, etc. Sin pretender realizar una interpretación “psicoanalítica” de fenómenos estrictamente sociales, creo, sin embargo, que si tomamos la definición de Freud en sentido amplio, la marcha del pasado 12 de febrero puede ser calificada como un acto fallido desde varios puntos de vista.

El primero de ellos es el más obvio: la intención de movilizar a la población alrededor de la amenaza que representa el presidente Donald Trump por parte de las cúpulas empresariales (Claudio X. González), la burocracia condescendiente con el poder (Enrique Graue), las élites intelectuales del liberalismo “antipopular” (Mario Amparo Casar, Enrique Krauze, Leonardo Kurtzio, Leo Zuckerman, etc.) y los representantes de una agenda progresista totalmente legítima pero ausente de una base social amplia (Denise Dresser, Emilio Álvarez Icaza, etc.), no logró su objetivo y acabó evidenciando algo muy diferente a lo que buscaban los convocantes: su casi inexistente poder de convocatoria.

Las lecciones de este primer fenómeno son múltiples. Por un lado, se muestra que ningún movimiento social amplio puede ser decretado desde las élites, sean de derecha o de izquierda, sin tener un arraigo social y sin una organización en las bases populares. En retrospectiva, la suposición de que el llamado cupular de un grupo minoritario sería capaz de articular una movilización nacional en un par de semanas da cuenta de una ingenuidad política inmensa y de un narcisismo preocupante.    

Para muestra basta un botón. En la mesa de análisis del noticiero de Carmen Aristegui, la politóloga Denise Dresser respondió a las críticas que señalaban la dudosa procedencia de algunos convocantes argumentando que tanto en la mítica marcha de 1963 en Washington, como en la lucha contra el apartheid en Sudáfrica hubo un momento en el cual “los verdugos se unieron con las víctimas”.

Además de lo desproporcionado de esta comparación -que, sin embargo, tiene la ventaja de poner a la que habla en una relación de contigüidad con personajes como Martin Luther King o Mandela-, llama la atención que, en los hechos, los ejemplos otorgados por Dresser resulten totalmente opuestos a la lógica de la marcha convocada bajo el hashtag #VibraMéxico.

En efecto, ambos procesos son ejemplos de movimientos fraguados lentamente a través de un trabajo de base que finalmente logró extenderse a sectores más amplios. Procesos encabezados por liderazgos vinculados a sectores populares cuya legitimidad y congruencia son tales que les permiten fungir como representantes de un sector de la sociedad. Si la convocatoria, la organización y la ejecución de la movilización del domingo ejemplifican algo es el envés de estos procesos.

La segunda lección es de carácter más bien teórico. Hasta ahora, buena parte de los convocantes a esta marcha habían jugado con la idea, simplista pero efectiva, de la existencia de una “sociedad civil” fundamentalmente virtuosa que se oponía a una “clase política” esencialmente corrupta. Así, podían aprovechar el sentimiento generalizado de rechazo a la segunda para arrogarse la posición de portavoces de la primera. Interviniendo en propuestas contra la corrupción y en favor de mayor transparencia, habían saltado a la palestra presentándose a sí mismos como representantes legítimos de la “sociedad civil”.

Su reacción de incredulidad e incluso de inocultable rabia ante el fracaso de su convocatoria, expresa, por un lado, la dificultad de aceptar que los sectores mayoritarios no los consideran como sus representantes y, por el otro, el envejecimiento de sus instrumentos de análisis para entender la complejidad de nuestra realidad. Y es que la “sociedad civil” a la que una y otra vez han apelado no existe como dato previo a su construcción discursiva y organizativa. De hecho, la pluralidad de los antagonismos sociales es el único dato previo dentro de las sociedades modernas y el problema político consiste en construir una totalidad menos frágil y más amplia que el adversario. No se puede representar a un sector que no se ha construido.

A mi juicio, empero, la lección más relevante del fracaso de #VibraMéxico tiene que ver con la reacción de sus élites intelectuales. En oposición a lo que imaginan que ocurre en otras movilizaciones donde la intolerancia, el autoritarismo, la violencia, la emotividad desbordada y el fanatismo serían la moneda corriente, esta marcha se presentó como un ejemplo de pluralidad, de respeto y pacifismo, de autonomía y libertad. Al parecer, los valores del liberalismo político tomarían cuerpo y caminarían por Reforma para dar una lección de unidad, solidaridad y tolerancia. En suma, un ejemplo democrático.

No obstante, ni bien había comenzado el inevitable debate que conlleva la aceptación de la pluralidad democrática, Enrique Krauze se aprestó a calificar de cobardes a quienes no deseaban acoger su convocatoria. A partir de entonces asistimos a un espectáculo delirante que recordaba más las viejas prácticas del comunismo ortodoxo que las modernas ambiciones del liberalismo democrático.

Denise Dresser, por ejemplo, llamó inquisidores y boicoteadores a quienes criticaron la marcha, Mario Amparo Casar habló de la inmadurez y la falta de participación de la sociedad civil mexicana, Leonardo Kurtzio echó mano de un lugar común paternalista como “le vimos la verdadera cara a nuestra sociedad civil”, calificó de “pueblerinas” las razones de quienes se opusieron a la marcha y, en el extremo de la visceralidad, terminó estableciendo relaciones inverosímiles con frases como “no me extraña que hayamos perdido todas las guerras en el siglo XIX” o criticando a La Jornada por no tener su mismo criterio editorial otorgándole importancia al Congreso de Podemos en España.

Más allá de su carácter anecdótico, este tipo de reacciones parece evidenciar la dificultad de estos sectores para comprender las nuevas formas en que se constituye la opinión pública. El disenso ante propuestas encabezadas por intelectuales que aparecen en los medios tradicionales no fue interpretado como la expresión de una pluralidad de opiniones legítimamente diversas, sino como el resultado de la desinformación y la manipulación. Sin duda, es innegable que estos fenómenos existen en las redes sociales, pero asumir que las razones por las cuales amplios sectores se negaron a acudir al llamado de una cúpula minoritaria no deben ser consideradas con seriedad resulta sumamente preocupante.

En cualquier caso, habría que tomar nota de lo ocurrido con el fin de articular un discurso coherente que no sea experimentado como una imposición de élites minoritarias si queremos hacer frente desde las calles al enemigo bicéfalo que nos acecha, a la vez interno y externo.    

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