Trump en Irapuato (Margensur)

Trump en Irapuato (Margensur)

Alejandro Saldaña Rosas
Sociólogo. Profesor Investigador de la Universidad Veracruzana
Twitter: @alesal3 / Facebook: Compa Saldaña

Trump en Irapuato

Para Graciela Rosas

Mujer brillante con un excepcional sentido del humor

A casi un mes de que Donald Trump asuma la presidencia de los Estados Unidos, México no ha tomado absolutamente ninguna medida para prevenir, o al menos atenuar, la catástrofe que se avecina. Vamos, ni las jergas tenemos preparadas. La amenaza de Trump evoca la tragedia de Irapuato de 1973.

            El 18 de agosto de 1973 la ciudad de Irapuato sufrió la peor catástrofe en su historia. Las intensas lluvias provocaron que seis presas cercanas a la ciudad se desbordaran y que en una de ellas, El Conejo, se fracturara una de las paredes. El 95 % de la ciudad quedó bajo el agua, miles de familias fueron afectadas y un número incalculable de personas perecieron ahogadas (el gobierno reconoció una decena de muertos, pero testimonios indican que fueron varios cientos, cuando menos). El desastre “natural” pudo evitarse, pero una pésima decisión por parte de los militares de la región, que pretendieron desfogar la presa, provocó la ruptura de la pared y el consiguiente aluvión sobre la ciudad. La pésima planeación urbana contribuyó a que la inundación adquiriera dimensiones catastróficas y, como sucede en todo desastre, los pobres fueron los más afectados.

            Doña Graciela Rosas, mi tía, vivía en Irapuato en esos tiempos. Sobrevivió junto como mis primos a fuerza de coraje, solidaridad de los vecinos, mucho amor, un poco de suerte y sobre todo porque su casa era de dos pisos: lograron subir al segundo piso y de allí pasar a la azotea, donde estuvieron varios días hasta que fueron rescatados. Mi tía Chela narra que horas antes de que el torrente de agua impactara la ciudad, los medios de comunicación, la radio sobre todo, empezaron a informar que “ahí viene el agua” para que la gente tomara precauciones. Se decía que el agua subiría unos 40 centímetros. Ni el gobierno ni los medios, informaron cabalmente la magnitud del problema, lo que posiblemente hubiera permitido resguardar el patrimonio de las familias y sobre todo hubiese salvado muchas vidas.

            Ante el aviso de “ahí viene el agua”, mi tía se preparó: puso jergas debajo de las puertas, aprestó el trapeador y dispuso varias cubetas. No las necesitó. Al primer golpe del agua en su casa el coche que estaba en el garage se incrustó en un muro, los vidrios se rompieron y ella fue arrojada por la fuerza del agua contra una pared. Como pudo se recuperó, subió al segundo piso y de allí a la azotea, junto con la trabajadora doméstica, mis primas y primos.

            La anécdota de la inundación de Irapuato es una perfecta metáfora de la situación del país ante el inminente arribo del neonazi Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos. Como en 1973, el gobierno elude su responsabilidad: minimiza el riesgo, mal informa (o desinforma) a la población, impone un ridículo control sobre los medios de comunicación y, sobre todo, no toma previsiones para al menos intentar mitigar el impacto de las políticas contra México anunciadas por el anaranjado presidente electo.

            Ni el gobierno de Peña Nieto ha tomado iniciativa alguna, ni el Senado de la República donde los “representantes” del PRD rompieron una Trumpiñata, como expresión de su capacidad política, eso sí, a coro de grititos homófobos y el clásico dale dale. ¡Una vergüenza! Y un peligro: ¡están viendo que la perra es brava y le patean la reja!

            En 1973 la ciudad de Irapuato no estaba preparada para recibir una inundación de tal magnitud, pero la omisión del gobierno causó muchas más víctimas.

            En 2017 la situación de México es de suma fragilidad. El gobierno federal no está preparado para encajar las políticas anunciadas por Trump por lo que su omisión, abulia o incapacidad puede ser la causa de que el daño sea mayor. La administración de Peña está desfondada, sin dirección, perdida en sus chanchullos y marrullerías, ocupada en construir los andamiajes de la impunidad y con un descrédito absoluto. El mercado interno, que debería estimularse para buscar una salida hacia adentro, difícilmente va a reaccionar con los “incrementos” salariales anunciados. Pemex ha sido convertido en herrumbre por la falta de inversión, la soez corrupción y la ausencia de rumbo. Las remesas están amenazadas por el estrangulamiento trumpista de la migración y de los flujos de divisas. El turismo se encuentra menguado por la inseguridad que asola playas, ciudades fronterizas, sitios arqueológicos, carreteras e incluso aeropuertos. La sociedad civil está pasmada, aturdida por el miedo producido desde las instituciones a través de las políticas públicas, la corrupción, la impunidad y el cinismo.

            El país está tan preparado para recibir a la tromba Trump como lo estaban los irapuatenses cuando la presa reventó. La ciudad del Bajío terminó bajo el agua. México puede quedar también ahogado.

            En 1973 la solidaridad de la sociedad civil atenuó los efectos de la terrible inundación en Irapuato. En 2017 y años posteriores la solidaridad de la sociedad civil mexicana tiene que expresarse con todo su vigor y creatividad para rescatar al país, tanto de las agresiones de Trump como de la devastación emprendida desde el gobierno y los grupos de poder en el país.

            Mientras Peña Nieto y su gabinete juegan al mannequin challenge (o “encantados”, como decíamos de niños) y esperan el milagro guadalupano, es imprescindible que desde la sociedad civil construyamos los escenarios de posibilidad que nos permitan, en primer lugar, rescatar a los miles de trabajadores que seguramente serán deportados y dar trabajo a los que no podrán migrar; en segundo lugar, tejer las redes que dinamicen el mercado interno a partir del consumo local; en tercer lugar, buscar nuevos horizontes tanto para las exportaciones nacionales como para los migrantes. Estas medidas de índole económica serán completamente ineficaces si a la par no avanzamos en la transformación sustancial de las instituciones políticas, judiciales, educativas, de salud, culturales. Y si no defendemos con uñas y dientes nuestro territorio (ríos, playas, montañas, selvas), ninguna de las anteriores acciones tendrá posibilidad alguna de fructificar. Se trata, en otras palabras, de inventar un nuevo país.

            Desde luego que es posible. México se ha (re)inventado más de una vez. Ante el odio promovido por Trump y sus falanges, tenemos que reinventar a México con inteligencia, creatividad, humor y mucho amor. Cualidades que, por cierto, mi tía Chela desborda a raudales.

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