Y en eso llegó Fidel (Margensur)

Y en eso llegó Fidel (Margensur)

Alejandro Saldaña Rosas
Sociólogo. Profesor Investigador de la Universidad Veracruzana
Twitter: @alesal3 / Facebook: Compa Saldaña

Y en eso llegó Fidel

Aquí pensaban seguir, ganando el ciento por ciento,
con casas de apartamentos
y echar al pueblo a sufrir. Y seguir de modo cruel contra el pueblo conspirando para seguirlo explotando… 
y en eso llegó Fidel. Y se acabó la diversión,
llegó el comandante
y mandó a parar.

Carlos Puebla

Imposible comprender el papel de Fidel Castro en la historia del siglo XX y parte del XXI sin los Estados Unidos (EU). Imposible comprender la revolución cubana sin los EU. Lo que es erróneo es hacer un símil entre Castro y la revolución cubana. Ésta es mucho más que el líder o el dictador (cada quien su perspectiva), por lo que la muerte de Fidel y la no muy lejana de su hermano Raúl (tiene 85 años), no necesariamente significa el derrumbe del proyecto social y las instituciones construidas desde el triunfo revolucionario en 1959.

            Que festeje la muerte de Fidel quien quiera, que las instituciones revolucionarias (estoy consciente de la paradójica expresión) están más vigentes que nunca: el triunfo electoral de Trump las fortalece.

            La revolución cubana se explica por el dominio y la explotación que ejercían los EU sobre la isla, y en general sobre Latinoamérica. La famosa canción de Carlos Puebla es elocuente: a los gringos se les acabó la diversión, “llegó el comandante y mandó a parar”. Y desde luego que a los gringos se les acabó la diversión de los casinos, las prostitutas y los grandes negocios en la isla (“diversión” por cierto muy bien retratada en la película El Padrino II, de Coppola), pero lejos está que la relación entre ambos países haya terminado. Por el contrario, hasta la actualidad Cuba no se entiende sin la intervención de los EU, bien sea por su invasión armada en Bahía de Cochinos, bien por la crisis de los misiles en 1961, bien por el criminal bloqueo económico impuesto desde 1960, bien por los balseros en 1994, bien por la relativa distensión desde 2014. Ahora la amenaza de Trump revitaliza a la revolución cubana.

            Murió Fidel Castro pero es difícil que haya un reacomodo sustancial de las fuerzas políticas en la isla: ese se dio hace diez años. Murió un viejo de noventa años que hace diez había dejado de ejercer el poder en el país, si bien su presencia simbólica tal vez ejerciera aún influencia en el ajedrez político de Cuba. Quienes esperaban que la muerte de Fidel fuese un equivalente a la caída del muro de Berlín parece que se equivocaron. Hasta donde se puede apreciar, nada indica que el socialismo cubano haya llegado a su fin. Por el contrario, la victoria de Trump, irónicamente, lo fortalece.

            La historia de Latinoamérica de los últimos casi sesenta años está marcada por la huella de la revolución cubana. Que a sólo 150 kilómetros del país más poderoso y depredador del continente (y del mundo) haya triunfado un movimiento encabezado por Fidel y ochenta y un combatientes más, inspiró a muchos otros movimientos insurreccionales en México, Bolivia, Colombia, Uruguay, Argentina, Nicaragua, El Salvador y en prácticamente todos los países de la región. Fracasadas las guerrillas (incluido Nicaragua, donde Daniel Ortega ha hecho una grotesca caricatura de revolución), no obstante las causas que las motivaron siguen presentes y son muy dolorosas: miseria, enfermedades, inequidad, injusticia, explotación, exclusión, sumisión ante los EU.

            Malograda la opción insurreccional, la búsqueda de solución de esos y muchos otros problemas sociales se ha encauzado por diferentes vías, básicamente electorales, pero sin los resultados anhelados (si bien Bolivia tiene avances muy importantes). La injusticia social y su cauda de efectos perniciosos sigue siendo una realidad palmaria en la región. Y precisamente por eso la revolución cubana marca una enorme diferencia y se mantiene vigente como horizonte de posibilidad.

            Si en los últimos cincuenta años algún otro país latinoamericano hubiese desarrollado un sistema de salud, de educación, de arte y cultura como el cubano, tal vez la revolución hubiera muerto mucho antes que Fidel. Cuba es un país pobre y con una enorme deuda en materia de derechos humanos, sin duda, pero con salud y educación para toda la población, algo que en ningún otro país de la región existe. A Fidel se le acusa de tirano y dictador, pero el panorama en la región tampoco es precisamente democrático.

            Ningún otro país latinoamericano puede preciarse de sus altísimos niveles democráticos y de respeto a los derechos humanos. Ninguno. Ni Chile con Pinochet, tampoco Argentina con Videla, ni el Paraguay de Stroessner o la dictadura brasileña de casi veinte años. Salvo Costa Rica, en Centroamérica se registran enormes niveles de pobreza, analfabetismo, violencia, represión y una estirpe de dictadores a cual más infame. El Caribe, excepto Cuba, registra inmensos rezagos en todos los rubros, que en al caso de Haití (a unos cientos de kilómetros de Cuba) adquiere visos de tragedia, desde mucho antes de los tiempos del quizás peor dictador de la historia caribeña: François Duvalier “Papa Doc”.

            Los países de Latinoamérica, ya sea durante las dictaduras de los años sesenta, setenta y ochenta o en la vida “democrática”, no pueden preciarse de haber alcanzado grandes logros ni en materia de garantías individuales ni en materia de justicia y equidad. La revolución cubana, con todos sus yerros, excesos, intolerancia y represión, ha logrado mayores conquistas sociales que países con muchos más recursos, tecnología, comercio y “democracia”, como nuestro país.

            En México, el régimen autoritario y represor del PRIAN lleva setenta años en el poder, con un saldo inmensamente negativo en todos los ámbitos: salud, educación, derechos humanos, equidad, medio ambiente, justicia, seguridad y los que usted quiera. A la luz de los resultados arrojados por los setenta años del régimen PRIANISTA en México, la revolución cubana resplandece con brillo propio. Sin olvidar las densas sombras que también proyecta.

            Hace unas semanas el mundo atestiguó con azoro el “triunfo” de Trump en las elecciones de los EU. Rara victoria en un sistema “democrático” en el que el candidato que obtiene más votos no necesariamente es el que triunfa. Desde entonces no hay día en que no ocurran manifestaciones racistas, insultos, golpes y agresiones a latinos, asiáticos, negros y/o mujeres.

            El país paladín de la democracia muestra al mundo su rostro más nefando: miedo, violencia, prejuicios, odio. El poderoso país aparece ante el mundo en cueros: adiposo, envilecido, sin músculo, timorato, de color artificial como su próximo presidente, atenazado por el odio, tembloroso por el miedo que le da su propia sombra, envalentonado y fanfarrón a fuerza de machismo, ignorancia y drogas duras.

            Y en eso llegó la muerte de Fidel. Su muerte coincide con el derrumbe norteamericano simbolizado en el “triunfo” de Trump. Si la historia absuelve o no a Fidel que lo decida el pueblo cubano, lo cierto es que ante la amenaza del neonazi presidente electo, la revolución cubana, es decir, líneas de mando, estructuras vecinales, liderazgos sindicales, colegios de profesionistas, organizaciones estudiantiles, redes de solidaridad internacional, etc., parece mucho más sólida que otros países (México en primer lugar) para hacerle frente.

            En efecto, los casi sesenta años de bloqueo económico por parte de los EU obligaron a Cuba a volverse hacia sí, a crecer hacia adentro (con todas las limitaciones que ello implica), a inventarse una y otra vez, a tejer alianzas con otros países (y movimientos) de Latinoamérica y el mundo. Sin duda que es un país pobre y vulnerable, pero con un tejido social relativamente cohesionado, estructuras institucionales sólidas y sobre todo con proyecto y liderazgo político.

            Fidel Castro murió el día 25 de noviembre, pero políticamente se había ido hace diez años. Paradójicamente, su muerte lo hace más fuerte y más presente como símbolo de cohesión de la revolución cubana. Revolución que, por cierto, representa un baluarte latinoamericano para hacer frente a la peor amenaza que el mundo ha enfrentado en los últimos cincuenta años: Donald Trump.

            Murió el viejo de 90 años. Y en eso llegó Fidel: el símbolo.

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